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domingo, 26 de diciembre de 2010

Sobre Daniel Stern y la cohesión del Sí-mismo

David Alberto Campos Vargas

El infante empieza percibiendo estímulos físicos como patrones simples (verbigracia, líneas verticales), después empieza a percibir curvaturas, tamaño y movimiento, y cada vez patrones de mayor complejidad, integrándolos en un proceso de asimilación que poco a poco le va permitiendo percibir al ser humano, y a otros seres, como diferenciados, distintos y separados de sí. La percepción amodal y los esfuerzos construccionistas permiten dicha integración.

La relación con el mundo implica reconocimiento y “darse cuenta de”, percatarse (de las consecuencias de lo que hace, de los sentimientos experimentados frente a otros seres, etcétera), funcionar y tener la vivencia de seguir siendo. Es clave también, en esta relación con el mundo, reconocer qué es variante y qué es invariante. A propósito de qué se reconoce primero (¿lo invariante, o lo variante?), podría afirmarse que en la medida en que se percibe y reconoce lo invariante se podrá ir reconociendo lo variante (incluidas las variaciones que se puedan hacer de lo invariante): del sinnúmero de rostros que se le presenten, el niño irá entendiendo que hay patrones constantes, con tendencia a la reiteración, con tendencia a estar siempre presentes: las líneas verticales del rostro, la gestalt formada por ojos y nariz vistos de frente, la boca; y con base en dichos fenómenos invariantes, irá identificando fenómenos variantes que acompañen a dichas experiencias, por ejemplo, cuándo un rostro expresa enojo o tristeza o satisfacción. Lo invariante y lo variante, en la representación del sí mismo, es un interjuego constante y simultáneo: el ser humano reconoce que hay cosas en él que no varían, lo cual da un sentido biográfico y de coherencia a su self, así como elementos que varían (por ejemplo, las señales del paso del tiempo en su cuerpo); el ser humano normal tiene la vivencia de seguir siendo el mismo pese a la experiencia de ir creciendo o ir envejeciendo.

A propósito de lo anterior, podría afirmarse que el ser humano, desde muy temprano en su desarrollo, exhibe una tendencia a ordenar el mundo aprehendiendo invariantes. Dichas invariantes, constantes epistemológicas, construyen una vivencia de estabilidad y permanencia, de estabilidad: por eso son pieza fundamental a la hora de forjar la identidad y el self del infante (y del ser humano, por extensión). Así se van integrando experiencias fenoménicas, partiendo de la sensación corporal (todo apunta a que lo primero en integrarse a la representación de sí mismo es la vivencia de la propia corporalidad), percepciones de invariantes y variantes del entorno. En esta experiencia, variantes e invariantes son omnipresentes: cada fenómeno percibido contendrá elementos variantes y elementos invariantes, y cada fenómeno, en sí mismo, será al mismo tiempo “familiar y nuevo” para el infante, en tanto que sobre la(s) invariante(s) se dan las respectivas variaciones.

El paso de la indiferenciación a la diferenciación va emergiendo, es un proceso haciéndose, que al final permitirá un self organizado, un self nuclear cohesionado y diferenciado de lo(s) otro(s). El infante se va haciendo cada vez más distinto (como ser diferenciado de otros), va organizándose como self cada vez más coherente, cada vez con mayor sentido de continuidad.

Entender al self como epifenómeno que integra experiencias de agencia, coherencia, afectividad e historicidad permite ver cómo se va creando el sentido de continuidad, de permanencia del self: un “seguir siendo” existencial. Cuando falla alguno de estos elementos, se altera dicho epifenómeno: si falla como agencia, veremos psicosis; si falla su coherencia, encontraremos fenómenos de despersonalización, fragmentación o fusión; si falla en su afectividad encontraremos anhedonia, etcétera.
Iniciada la integración de las sensaciones corporales, el infante empieza también a actuar, sobre sí y sobre su entorno: con cada acto motor (que va percibiendo, cada vez más, como algo propio), va estructurando un sentido de la propia volición. En la medida en que percibe cada acción como acto propio, y percibe también las consecuencias de cada acto (por ejemplo, al golpear un móvil verá que las figuras cambian de posición), va formándose una vivencia de predictibilidad de las consecuencias de cada acto (predictibilidad que, como todo fenómeno, tiene también muchos elementos variantes), y, en consecuencia, la experiencia de la volición, del ejercicio de la voluntad, y de la anticipación y la intencionalidad (en tanto que todo acto trae unas consecuencias, el infante va percatándose que “puede actuar x para obtener y” o que “para que se produzca y debe actuar x”).

En conclusión, la cohesión del self y la consolidación del self nuclear requieren de: a) un sentido de continuidad y coherencia de la propia experiencia de ser y el reconocimiento de dicha vivencia, que es la vivencia de la historicidad de sí mismo para el infante (y, por extensión, para el sujeto), b) la integración de canales sensoriales y acomodación y asimilación de invariantes y variantes, c) un sentido de self como agencia y organizador del psiquismo, d) una afectividad, que permea todos los actos (en tanto el infante, el sujeto, empieza a esperar con cada acto, con cada fenómeno, una constelación de afectos relacionados, tanto en él como en el entorno), y e) una vivencia de intencionalidad.

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