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lunes, 10 de enero de 2011

PSICOLOGÍA PARA PSIQUIATRAS

David Alberto Campos Vargas, MD*
Este artículo nace de una gentil invitación a plasmar mi experiencia con la Psicología, siendo Médico Psiquiatra. La idea fue de Ana María Gallardo, una psicóloga a la que admiro y con la que tuve la fortuna de compartir algunas reflexiones a propósito del quehacer médico en el Hospital Universitario San Ignacio. Huelga decir que me pareció una idea fantástica, pues siempre he lamentado que muchos colegas (psicólogos y psiquiatras) tienden a creer que Psiquiatría y Psicología son dos mundos irreconciliables. Siempre había deseado mostrar que, en la práctica clínica, ambas disciplinas se hallan imbricadas de tal manera que no se puede hacer la una negando la otra. Por eso, tan pronto recibí la invitación, me sentí listo.

Aclaro que hablaré desde mi experiencia, desde mi subjetividad: hay que partir de la base que sólo estudié Medicina para poder ser Psiquiatra, y que la motivación para dicha tarea fue la lectura de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud. También creo honesto señalar que este no es un artículo aséptico, neutro e imparcial, sino un escrito que nace de mi propia vivencia. De mi historia de amor con la Medicina, en la que hay más de una tempestad (pues ha sido un amor tormentoso, pero amor al fin de cuentas), de la pasión que siento hacia las mejores de mis amantes, la Filosofía y la Literatura, y de cómo, en esos embrollos amorosos, siempre la Psicología ha estado presente. Acaso los psiquiatras y psicólogos que lean esto se den cuenta que sí es posible el dichoso cuarteto.


Le debo a la Psicología buena parte de lo que soy como psiquiatra. El arte de la psicoterapia, fecundo y humano (lo más humano que hay en el ejercicio de aliviar el dolor y cuidar al prójimo), que me hace amar mi profesión, es ante todo un arte que se aprende siempre y cuando se tenga la sutileza del psicólogo. No bastan la precisión diagnóstica, ni el simple deseo de ayudar, ni el arsenal farmacológico: el que, en nuestra profesión, prescinda de ser psicólogo, difícilmente será un buen terapeuta. Y es que ser psicólogo no es solamente un oficio. Es una actitud existencial, de aprehensión del mundo, de las relaciones, de las características y vicisitudes del ser humano.

Psiquiatría y Psicología, lejos de ser antagónicas, son dos disciplinas tan hermanas como complementarias. La Medicina me enseñó la evidencia; la Psicología me enseñó a ver más allá de lo evidente. Allí donde la Medicina me mostraba el sufrimiento humano, la condición humana en su sentido más crudo y realista (realizando autopsias, atendiendo partos, aliviando el dolor, acompañando al paciente) la Psicología me hacía preguntarme qué había detrás de todo eso, por qué algunas mujeres no sentían tanto dolor en el trabajo de parto y ya de antemano sabían qué nombre le pondrían a la criatura, qué había llevado a ese sujeto a encontrar la muerte tan temprano, por qué mi sola presencia parecía aliviar a los pacientes.

La división entre ellas podrá ser un bonito ejercicio de semántica, pero en la práctica clínica es un sinsentido. De hecho, entre más Psiquiatría sepa un psicólogo clínico, con menos obstáculos se encontrará en su carrera; entre más Psicología haya estudiado un psiquiatra, podrá ejercer la psicoterapia con mayor habilidad. De hecho, la Psiquiatría es tratamiento, terapia, ¿y cómo se hace una buena terapia desconociendo las motivaciones básicas de ese ser humano al que se está tratando? Y la Psicología es comprensión, conocimiento, ¿y cómo darle una praxis a dicho conocimiento, desconociendo las herramientas con las que se puede tratar la enfermedad mental?

Una vez, hace ya dos décadas, un médico me tachó de “idealista” cuando intenté mostrarle cómo la ansiedad de una paciente precipitaba y exacerbaba su dolencia. Pues bien, este “idealista”, y otros miles, han visto en su carrera cómo soma y psique son una misma cosa, y cómo la enfermedad psíquica precipita, provoca, aumenta o empeora la enfermedad orgánica. Para rematar la ironía, este buen médico terminó, muchos años después, en mi consulta: la sintomatología de su colon irritable ha disminuido notablemente desde que empezó un proceso de psicoterapia.

Alguien podrá preguntarse: ¿es posible ser las dos cosas –psiquiatra y psicólogo- al mismo tiempo? Permítame contestarle: se trata de una pregunta retórica. No solamente se puede, debería ser así. No son opciones mutuamente excluyentes, sino complementarias. Creo que Freud, Jaspers o Lacan (todos ellos médicos psiquiatras) no habrían encontrado la mitad de lo que hicieron si se hubieran negado a beber de las prístinas aguas del Humanismo, o si se hubieran limitado a la farmacoterapia en su quehacer. Ahora bien: ¿quiere decir esto que se deben cursar, en la Universidad, ambas carreras, si se va a trabajar como profesional en el campo de la Salud Mental? Creo que hay que ser prudentes: tengamos en cuenta el viejo refrán: “lo que Natura no da, Salamanca no presta”. Cuando insisto en la necesidad de tener psiquiatras que sean buenos psicólogos, no estoy haciendo mayor exigencia que la de lanzarse al tratamiento (psicoterapéutico y/o farmacoterapéutico) del paciente con plena conciencia de su importancia como persona humana, con una comprensión de su devenir existencial, de sus relaciones objetales, de su forma de responder ante la enfermedad y otras coyunturas de la vida, de sus temores y esperanzas, de lo que espera de mí y del tratamiento. He conocido colegas que reunían, de manera formidable, ambas condiciones, y todos ellos eran excelentes autodidactas: las horas de lectura y reflexión, de intercambio de experiencias con otros profesionales, de asistencia a coloquios y congresos, de participación en casos clínicos, pueden ser tan enriquecedoras como las horas en los salones de clase. De hecho, mi primer contacto con la Psicología fue gracias a Shakespeare. El genial escritor bien puede estar junto a Kräpelin o Ey, por su profundo conocimiento de la naturaleza humana. Sus dramas, que revelan una capacidad de observación y análisis prodigiosa, hacen de él un verdadero maestro. La misma experiencia, aunque a la inversa, la tuve leyendo a Jung: toda una ciencia hecha poesía.

Y después, mientras estudiaba para hacerme médico, y cuando empecé a cursar Neuropsiquiatría, pude constatar que un buen apoyo psicoterapéutico era tan eficiente como la mejor de las medicinas. Los pacientes mejoraban, sonreían más, afrontaban más adecuadamente sus propios duelos, sus pérdidas, su cercanía al dolor y a la muerte. Por esa época tenía la afición, no sé si exageradamente positivista u obsesiva, de cuantificarlo todo: apliqué escalas, cuestionarios…con el mismo resultado. Las cefaleas puntuaban menos después de una intervención psicoterapéutica, así fuera breve, pese a mantener la misma dosis de medicación. Los pacientes con dolor crónico o que sufrían una enfermedad desmielinizante se afectaban menos en su funcionamiento global después de una sesión de psicoterapia de apoyo.

Luego, durante la especialización, encontré que espíritu, cerebro y cultura no sólo eran diferentes perspectivas de un mismo fenómeno. La división soma/psique era una falacia. El psiquismo hablaba a través del cuerpo, el cuerpo afectaba la psique, la condición de salud o enfermedad mental modificaba el funcionamiento corporal. Y, de nuevo, la Psicología estuvo allí, creando caminos, abriendo ventanas: de la belleza del cerebro a la profundidad del Psicoanálisis, de la Gestalt a la Teoría Sistémica, pasando por Beck y Bion…siempre fértil, siempre generosa, dándole color a mi carrera, permitiéndome nuevas comprensiones de los fenómenos que percibía.  

Creo que lo que me falta por recorrer es mucho, pero la experiencia de lo vivido hasta ahora merecía ser contada. Es la experiencia genuina, real, de alguien de carne y hueso, que no dista mucho (ni siquiera generacionalmente) de los psiquiatras y psicólogos que se encuentran actualmente en formación. De alguien que sintió tristeza – y pena ajena- la vez que una psicóloga le dijo que “no necesitaba” asistir a un congreso de Psicología, “porque sólo iban a hablar de psicoterapia”. De alguien que sonríe y se alegra cada vez que encuentra a uno de sus estudiantes leyendo a hurtadillas un texto de Antropología o de Historia, que se emociona cuando encuentra un colega dispuesto a navegar los mares que la Psicología ofrece. Alguien que espera que el psicólogo o psiquiatra que haya tenido la paciencia de leerlo tenga una actitud de apertura y comprensión, y sepa que el conocimiento no hace distinciones ni jerarquías absurdas: Psiquiatría y Psicología tienen la misma importancia y pertinencia, en todos los pacientes.

*Médico Psiquiatra, Pontificia Universidad Javeriana. Diplomado en Neuropsicología, Universidad de Valparaíso. Diplomado en Neuropsiquiatría, Universidad Católica de Chile.

domingo, 26 de diciembre de 2010

LA REVERSIÓN DE LA PERSPECTIVA EN EL PROCESO PSICOTERAPÉUTICO

David Alberto Campos Vargas, MD


La Reversión de la Perspectiva ha venido siendo entendida como una de las vicisitudes del proceso analítico (como el acting out o la reacción terapéutica negativa), que trata de impedir el desarrollo del insight “evitando el dolor mental que el insight provoca inevitablemente”. En ella hay una falla en el contrato terapéutico: el paciente está ahí, pero para otra cosa. No quiere pasar por el doloroso proceso que implica la conquista del insight, como lo señalan Bion y Bettelheim. Pero también puede ser entendida como una dificultad cognitiva social, que dificulta en gran medida la capacidad de percibirse a sí mismo y al mundo desde otra perspectiva, distinta a la de las propias premisas y prejuicios.

Tal vez fue Abraham el primero en intuir este escollo en psicoterapia, al hablar de ciertos pacientes con “gran dificultad para reconocer el papel del analista, que constantemente discuten sus interpretaciones”. Pero fue Bion quien definió el problema como Reversión de la Perspectiva, entendiéndolo como un proceso del pensamiento vinculado a un intento de desestabilizar la situación analítica.

Bion apela al concepto de Parte Psicótica de la Personalidad, un modo de funcionamiento mental contrapuesto a la Parte Neurótica de la Personalidad. Dicha Parte Psicótica de la Personalidad se caracteriza por: 1) Odio a la realidad externa e interna (y a todos los instrumentos que pueden poner en contacto con dichas realidades, 2) odio a las relaciones de objeto, 3) intolerancia a la frustración (lo cual puede explicar el odio a la realidad, pues la realidad implica frustración), 4) predominio del Instinto de Muerte, 5) uso de la envidia para desarrollar sus relaciones de objeto (en contraposición a la Parte Neurótica de la Personalidad, que usa la Libido), 6) predominio de impulsos destructivos, 7) identificación proyectiva masiva y de gran destructividad, 8) ataque al pensamiento, 9) temor a un aniquilamiento inminente, 10) relaciones objetales prematuras, precipitadas y frágiles. La Reversión de la Perspectiva, desde la mirada bioniana, haría referencia a determinados pacientes en quienes predomina la Parte Psicótica de la Personalidad.

Bion entendía a la Personalidad como un continuo con dos polos: el neurótico y el psicótico. La brecha entre estos dos polos se va ensanchando en la medida en que el individuo se va desarrollando. A propósito del funcionamiento de la personalidad, Bion define una relación continente-contenido positiva, imprescindible para el crecimiento mental: “el contenido tiene que encontrar algo que lo reciba y pueda modificarlo; el continente necesita algo que lo llene, lo colme. El niño proyecta en su madre sus temores y la madre los tolera dentro de ella, los asimila” y los devuelve como un contenido menos angustioso, más tolerable, menos doloroso.

En la Parte Psicótica de la Personalidad la relación continente-contenido no se da en términos positivos sino en términos de despojo y denudación. El individuo siente que el contenido se mete en el continente para destruirlo, y el continente recibe el contenido para despojarlo…de ahí que la parte psicótica de la personalidad experimente los vínculos como angustiantes, peligrosos: siempre está la angustia a ser desmantelado, vaciado, destruido.

La Parte Psicótica de la Personalidad realiza ataques destructivos (“ataques al vínculo”) contra todo lo que tiene función de unir un objeto con otro (función vincular o de asociación). Así, en la Reversión de la Perspectiva, el paciente puede sentir que la interpretación es un contenido destructivo que irrumpe en su mente para dañarlo, o puede recibir la interpretación despojándola de su significado original, transformándola en algo “malo”, perseguidor, peligroso.

La triada “arrogancia, estupidez y curiosidad” acompaña usualmente este ataque al vínculo y es a su vez un índice de “catástrofe psicótica”; como señala Bion, la combinación de intrusividad, curiosidad estúpida e insultante arrogancia (que, como apunta Etchegoyen, se realimenta en la estupidez proyectada en el objeto) lleva a una continua y demoledora desvalorización de los demás (del “Otro”). De ahí que el analista (uno de “los Otros”) y sus interpretaciones sean también atacados. Y todo esto lleva a una sobrecarga en la contratransferencia.

Bion también trató de esquematizar la Reversión de la Perspectiva en términos matemáticos (como tanto le gustaba hacer): es el funcionamiento (del área psicótica de la personalidad) opuesto a la Perspectiva Reversible del insight. En este tipo de funcionamiento mental, el deseo de conocer (vínculo K) se trueca en un deseo de desconocer (vínculo – K). Es decir, el paciente está funcionando de tal manera que presente desconocer incluso lo que es evidente, dado que es doloroso (como creía Bion) y/o dado que no dispone de otra perspectiva para afrontar su vivencia.

En el funcionamiento de la parte psicótica de la personalidad, se exterioriza masivamente la destructividad, la envidia: “la autoafirmación psicótica de la personalidad nace de la omnipotencia, desconociendo lo racional y positivo, denigrando al terapeuta, atacándolo a él y a sus interpretaciones, y a sus actos en general”. Rosenfeld, haciendo eco a las ideas de Bion, habla de un Self Narcisístico muy similar a la Parte Psicótica de la Personalidad, impulsado por la voracidad, la envidia, o la fusión de ambas, constituyendo así un deseo de agotar por completo al Otro (“al objeto”, diría Klein), no sólo para poseer todo lo bueno que éste tiene, sino para vaciarlo intencionalmente, a fin de que no tenga nada envidiable.

En este orden de ideas, la Reversión de la Perspectiva es desconocimiento como “actitud del espíritu”, como modo de funcionamiento mental, y por eso Bion la describió como “el negativo del insight” o el vínculo – K: justamente el knowledge reverso, en el que se busca alejarse del conocimiento y aferrarse a una única perspectiva de las cosas (fanatismo y testarudez mental propia de la ignorancia, que conlleva a la devaluación de la Perspectiva del Otro y a la fijación perenne a una premisa epistemológica: “sólo hay una forma de vivenciar lo que ocurrió o está ocurriendo, y esa forma es la mía”)

Bion planteó la Reversión de la Perspectiva como uno de los modos de funcionamiento de la Parte Psicótica de la Personalidad, “una forma especial de pensamiento que trata de evitar a toda costa el dolor mental”. Para negar el dolor psíquico, la Reversión de la Perspectiva apoya en una modificación permanente de la estructura mental: el Splitting Estático: a diferencia del Splitting Clásico, en el Splitting Estático no es un mecanismo de defensa al que se recurra ante determinadas situaciones, sino que está ahí “para siempre”: el paciente se ubica en una trinchera inamovible, en su perspectiva, y como nunca se mueve de ella empieza a interpretar y decodificar toda su vivencia desde una posición ya tomada. Por ende, las perspectivas del Otro (por ejemplo, del terapeuta) son sistemáticamente atacadas, invalidadas. Llamativamente, este fenómeno ha sido descrito desde otras perspectivas a lo largo de la Historia: podría corresponder a la acusada “rigidez del pensamiento” de los psicóticos descrita en la psiquiatría clásica, y a la falla en la cognición social de la que habla la moderna Neurociencia Social.

La Reversión de la Perspectiva puede ser entendida entonces como una forma alterada del pensamiento, en la que la capacidad de intersubjetividad y de cognición de la Otredad se encuentra deformada: quien la padece se encuentra anclado a un modo único de percibir las cosas: todos los fenómenos y epifenómenos de su existencia son evaluados, de modo rígido y perenne, desde una única perspectiva. La propia visión de la existencia, y la misma cosmovisión que se tiene, se encuentra sentenciada a estar siempre en un mismo punto, y ello lleva aparejada una inmensa dificultad para concebir la propia vivencia de ser-en-el-mundo. No es de extrañar, entonces, la dificultad simultánea para el cambio en el proceso psicoterapéutico: el sujeto se halla prisionero de sus propias premisas, enclaustrado, incapaz de ver más allá de sus propios fantasmas.

Etchegoyen llama la atención al hecho de que dicha “disposición mental” reposa en las premisas del pensar. “El sujeto se atiene fijamente a sus premisas…está continuamente reinterpretando las interpretaciones del analista para que hagan juego con sus propias premisas, que es también una forma de decir que las premisas del analista tienen que ser calladamente rechazadas”.

Así, la Reversión de la Perspectiva es un caso de rigidez de pensamiento extrema y contraproducente, que ata al paciente a una sola posibilidad cognitiva: su perspectiva: esta única lente de vivenciar la existencia le trae gran dificultad para entender la perspectiva del Otro, de re-interpretar su propia biografía y de permitirse una posibilidad de cambio, y que, en efecto, obstaculiza en gran medida cualquier abordaje psicoterapéutico.

De otro lado, Bion insiste en que los pacientes que hacen Reversión de la Perspectiva tienen una predominancia del Instinto de Muerte postulado por Sigmund Freud; en ellos, “los impulsos están teñidos de Tánatos”, y esto produce un funcionamiento primitivo de la mente, con odio a la realidad (tanto interna como externa), transferencias psicóticas (con uso masivo de la proyección) y ante ellos el terapeuta, como señala Rosenfeld, corre el riesgo de sucumbir ante la identificación proyectiva masiva. La postura del terapeuta, como la posición del objeto-madre, debe ser la de recibir estas embestidas (identificación proyectiva masiva, envidia, voracidad, agresiones del paciente) y, en una plena función de reverie, devolverlas “más metaboliables”, más asimilables, menos tanáticas. Es decir, el terapeuta debe, pese a todo, permitir la elaboración del pensamiento, la transformación de elementos beta en elementos alfa (cosa a la que, justamente, el paciente en Reversión de la Perspectiva se opone, pues le huye al insight).

¿Cómo iremos identificando una evolución favorable? En la medida en que el vínculo – K se vaya transformando en vínculo + K, en que el paciente vaya saliendo de su trinchera y vaya aceptando la realidad (por dolorosa que sea): pensando, aceptando el conocimiento, aceptando las interpretaciones del terapeuta y arriesgándose a adquirir el insight. Como diría Bion, “avanzando hacia la maduración mental”.

La psicoterapia busca el conocimiento, la conciencia de la propia realidad psíquica: un conocimiento que vaya más allá del mero “conocimiento intelectual” (“el conocimiento acerca de algo” del que habla Bion): se trata aquí de un conocimiento personal, del “haber sido”, de la realidad interna. El terapeuta y el paciente deben permitirse la búsqueda de la ligazón que permite el pensamiento (ligazón que es atacada brutalmente en la Reversión de la Perspectiva): esa unión, esa asociación de experiencias vivenciales, irá formando cadenas ideativas (recordemos el concepto de realización: cuando la preconcepción se encuentra con la realidad, surge la concepción) más y más complejas, que permitirán la estructuración progresiva del proceso de pensamiento. Y el camino a la curación, aunque largo y difícil la mayoría de las veces, irá aparejado a la integración, a la ligazón, a la maduración del proceso de pensamiento, al conocimiento de la verdad psíquica. Por eso los psicoterapeutas deben entender que su objetivo no es “entrenar” a los pacientes, sino permitirles el pensar.

Lecturas recomendadas

1. Etchegoyen, H. Los Fundamentos de la Técnica Psicoanalítica. Amorrortu, 1988
2. Bion, W. Attacks on Linking, Internacional Journal of Psycho-Analysis, vol 40, 308-15. 1959.
3. Bion, W. Volviendo a Pensar. Horme, Buenos Aires, 1977
4. Segal, H. Introducción a la obra de Melanie Klein. Paidos, Buenos Aires, 1978
5. Klein, M. On the development of Mental Functioning, 1958
6. Gabbard, G. Long Term Psychodinamic Psychoterapy. 2001.
7. Bettelheim, B. Rosenfeld, A. El arte de lo obvio, Critica, 1990